Juzgar menos, escuchar más (para entender mejor)

Somos como máquinas de juzgar, al resto y a nosotros mismos. Apreciamos muy poco lo que somos, lo que tenemos, lo que está a nuestro alrededor y convive con nosotros. Resulta más sencillo armar un negativo por qué de las cosas, que preguntar y tratar de entender por qué algunas cosas son o pasan de determinada manera. Es fácil pensar que si no nos contestan un mensaje de whatsapp (que además ya tiene doble check azul), es porque quien nos lee no le interesa hacerlo, que pensar que no está contestando porque simplemente no puede en ese momento, porque quiere pensar mejor su respuesta, porque sí le interesa hacerlo pero no quiere hacerlo en ese momento. Lo malo, lo peor, la mayoría de veces.

Me pasó hace nada y con una persona que me importa mucho. Juzgué una de sus decisiones, me parecía absurdo todo y se lo hice saber. Y le di y le di a mi argumento de por qué era absurdo, sentí que yo tenía razón y que además con esta conversación esta persona cambiaría de parecer. Lo que hice aquella vez fue opinar, no pregunté “por qué estás tomando esta decisión, qué sientes al respecto”. No estuve ahí para escuchar, sí para juzgar. Felizmente no pasaron muchos días y se dio la oportunidad de hablar del tema otra vez, esta vez no dije nada, solo escuché, entendí en ese momento dos cosas:

  1. Que si vas a opinar primero debes escuchar, escuchar todo lo que puedas, preguntar, validar, recapitular, parafrasear, entender, escuchar con todo, con el corazón metido también, con la mente más que abierta. Que quien te pide opinión (si es que te la pidieron porque si te fuiste de frente a decir qué pensabas sin que te preguntaran, deberías pensar en mejor esperar a que te consulten, de opinólogos está lleno el mundo, uno más no hace falta), decía, que quien te pide opinión lo hace porque realmente la valora, entonces esfuérzate en entender para luego decir qué piensas. Pon a un costado lo que tú harías al respecto y piensa en la persona que te está hablando, entiende sus motivaciones, entiende que nada es absoluto y que nuestra vida y lo que pensamos puede cambiar y no tiene que ser doloroso, solo hay ser consciente de ello, entenderlo, aceptarlo y mejorarlo si es posible.
  2. Que las personas crecemos, cambiamos, evolucionamos, que pasamos por etapas que nos cambian la perspectiva, algo, alguito o completamente. Que el amor cambia, que a veces necesitamos distancia y no por eso dejamos de querer a nuestro alrededor, que es -más que importante- necesario querernos a nosotros mismos, tratarnos con cuidado y asegurar nuestro propio bienestar. Que esa debe ser nuestra bandera.

Increíble el ejercicio de ser empático, pero genuinamente, pensar en el otro y buscar entenderlo para acompañarlo o para simplemente entenderlo y nada más. Andar a las carreras te imposibilita de mirar con objetividad, es necesario parar y estar atentos, ser más amables con uno mismo y con el resto. Parar para entender esto que va pasando por mi cabeza, para conectarlo con algo y resolverlo (si eso es lo que requiere), para incorporarlo a mí de manera adecuada.

Yo no sé si son los años o es que simplemente hoy voy más en calma, pero puedo entender cuestiones que antes me eran un misterio, puedo ser amable con aquello que me es distinto. Ahora que me detengo puedo también dejar pasar pensamientos e ideas a las que no hay que dedicarles mucho tiempo, porque es mejor buscar lo que aporte, lo que construya, lo demás lo podemos obviar, resolver y pasar la página. Hay que respetar los procesos, hay que sentir, eso no se puede obviar, pero principalmente hay que entender.

En cuanto esta persona a quien juzgué comenzó a contarme el por qué de su decisión entendí rápidamente que no era absurda por ningún lado, que era completamente válida y además muy saludable. Me sentí orgullosa de saber que esta persona estaba tomando esta decisión, estaba pensando en sí misma y era algo que tenía que hacer. Sentí también muchísima vergüenza, cómo no me detuve a preguntar “por qué”. Pero ya está, aprendí lo que tenía aprender y a seguir adelante.

Hablamos,

Lu

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