Acerca de navidad y de regalos

Siempre lo intentábamos, siempre. Me sentía una delincuente pero igual lo hacía. Usé a mi hermano como “talán” para que me avisara si alguien llegaba. El primer cajón de la cómoda de mi mamá, el que tenía llave, era el lugar que ella y mi papá escogían para guardar nuestros regalos todos los años. Hice todo para abrirlo, me doblé los dedos, active mi visión nocturna y la microscópica para poder ver por pequeños espacios. Creo que sólo una vez pude abrirla un poco, mi hermano terminó llorando porque se asustó y decía que nos iban a castigar, no sé qué hice para que se calmara y no dijera nada. Igual jamás chunté a los regalos, alucinaba que era una cosa y por años era otra y la misma (me regalaron un reloj, creo que como cinco años seguidos y no me gustaban los relojes :/ ). Pero cómo salté cuando llegó mi bicicleta, ¡cómo salté! La bici era enorme, era una montañera, y yo era un ser humano muy pequeño, pero estaba feliz. La usé todos los días durante el siguiente verano, tuve las aventuras más geniales y divertidas (y las heridas más grandes) con ella. Tenía 10 años.

En esa época, quizás se acuerdan, nos daban un solo regalo, si teníamos suerte recibíamos dos. Casi nunca sabíamos qué nos iban a regalar, pedíamos algo pero quizás no lo recibíamos. Las emoción reinante era la sorpresa, había ilusión también, no dábamos por sentado que tendríamos de todo, menos si las notas del cole no nos habían acompañado (por decirlo de alguna manera). Qué increíble cómo cambió todo, ¿no? Hoy la demanda es increíble y las razones por las que queremos cubrirlas todas son varias. Quizás queremos “que tengan todo lo que no tuvimos”, quizás queremos compensar que no estamos en casa tanto como quisiéramos, quizás queremos suplir el afecto que -por alguna razón, sentimos- no les estamos dando, quizás queremos “que sean muy felices”, quizás queremos que los demás sepan que podemos cubrir “las necesidades” de juguetes de nuestros hijos. Será el sereno, lo cierto es que no les estamos haciendo ningún favor. Los niños pierden la posibilidad de darle valor a las cosas, terminan sintiendo que merecen todo, que no es necesario esforzarse tanto (sólo hay que pedir), la tolerancia a la frustración es escasa o nula. Las pequeñas carencias, debemos saberlo, educan profundamente, invitan a superar, a imaginar, a tolerar.

“Algo que quieran, algo que necesiten y algo que leer”, me dijo una vez una querida amiga, acerca de la cantidad de regalos a entregar a nuestros hijos. Insistiría en el “algo para leer”, pero no solo para los niños sino para todos en casa. Recuerden cuándo fue la última vez que les regalaron un libro, pónganlo en lista, para navidad y cualquier otra fecha. Los regalos, lo material en general, no asume responsabilidades por nuestras ausencias, no es el cariño que no dimos, no educa personas en empatía, gratitud, en solidaridad. Dale una doble, triple, pensada a tus regalos esta navidad, ofrece tu tiempo (tantas veces sea posible durante el año), haz algo tu mismo, sé consecuente. Que vuelva la sorpresa, que se encienda la ilusión, que haya mucho cariño, pero principalmente que reine el sentido común.

Hablamos,

Lu

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